~ El parto de los montes: Cuaderno de Bitácora
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9 mar 2010

Acompañantes/Familiares

En el Cuaderno de Bitácora merecen una mención especial los acompañantes/familiares de los enfermos. Vayan por delante dos cosas: 1.- siempre me ha gustado imaginarme la vida de la gente desconocida para mí y, 2.- cualquier comentario que haga no tiene ningún ánimo ofensivo.

De los acompañantes/familiares de los enfermos que comparten espacio con Antonia hay dos que desde el primer día me llamaron la atención:
A.- Morticia, llamada así por ser una mujer de tez muy blanca y larga melena muy negra. Viste un vistoso abrigo rojo y unas botas de caña alta con unos importantes tacones. Acude al hospital una vez al día en la visita del mediodía, y durante la misma acaricia y besa a su ser querido, que ocupa la cama 9. Sabemos que sólo acude una vez al día ya que vive en S'Arenal lo que le exige tener que coger dos autobuses para ir y volver. Finalizada la visita, se sienta en la primera silla que está al lado de la puerta de la consulta y entra a recibir la información diaria, y cuando sale llora desconsoladamente y no vuelve hasta el día siguiente. Teresa ya le ha preguntado qué enfermedad padece su ser querido y la edad del mismo, qué tipo de relación les une y cuál es su pronóstico. La enfermedad no la pondré en duda, pero la edad, sí. Ese señor, al que llamaremos Homero, no tiene 5o años, ¿o tal vez sí?.
B.- Se trata de un señor, bulgaro o rumano o o albano-kosovar o de los balcanes. Los primeros días venía solo a visitar a su mujer (Amina - cama 12), sin ningún otro acompañante, y mientras estaba con ella llevaba un pañuelo con el que parecía que le secaba el sudor o restos de saliva, y la peinaba. Difícilmente agotaba los 30 minutos de la visita. Al tercer día empezó a asistir acompañado por uno o dos hombres más, todos ellos bulgaros o rumanos o albano-kosovares o de los balcanes. A partir de entonces empezaron a agotar las horas de visitas, aunque suelen irse pocos minutos antes de que el celador nos pida que abandonemos la unidad. Yo creo que lo hacen para evitar las aglomeraciones en el ascensor. La verdad es que se mantienen un tantos distantes del resto de acompañantes/familiares. La seriedad y lágrimas de los primeros días se han convertido en tímidas sonrisas en los dos últimos días.

En otra cama, la 14, hay un enfermo al que por primera vez hoy he visto que alguien le visita. En principio pensé que la ausencia de visitas podría deberse a que él era de Glasgow, el médico tenía el nombre de esa ciudad anotado en un papel junto a su nombre, pero resulta que en la terminología médica, Glasgow no es una ciudad, sino una escala que mide no sé qué.

De las otras dos camas no hay nada que comentar más que una de las personas hoy ya no estaba, la deben haber bajado a planta y la otra, la niña, sigue y su evolución parece buena. Por lo que a sus acompañantes/familiares se refiere, no tienen ninguna particularidad que me haya llamado especialmente la atención. Si hay que decir que he podido percibir perfectamente como la expresión de sus caras se ha ido relajando día a día.

En otro post hablaré de los acompañantes/familiares de enfermos de otras unidades de la UCI centrándome sobre todo en Vitilio.



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7 mar 2010

Ascensor


Cuando uno pasa tanto tiempo en una sala de espera de un hospital como el que paso yo en la de la UCI de Son Dureta, es inevitable ir fijándose en las personas que, como yo, esperan para poder visitar a sus seres queridos. Pero no sólo me fijo en los visitantes o visitadores, también observo, en la distancia, la evolución de las personas que comparten el espacio con Antonia. En la unidad de la UCI en la que se encuentra Antonia hay 6 camas, las que van de la 9 a la 14, todas ellas ocupadas, y tras una semana de una media de tres visitas diarias puedo decir que me sé los nombres de sus ocupantes, aunque no sus historias, aun cuando he elucubrado mucho acerca de qué patologías les mantienen en esa unidad. En cierta manera he acabado sintiendo que algo me une a ellos, o mejor dicho, a sus familiares, y es la solidaridad y la comprensión de quien se encuentra en tu misma situación.


A partir de aproximadamente el tercer día de estancia de Antonia en el hospital, cuando ya aprendí a controlar, en cierta manera, el miedo atroz que las primeras jornadas me mantuvo casi paralizado, empecé a pensar en escribir una especie de Cuaderno de Bitácora en el cual, en lugar de anotar el estado de la atmósfera y de los vientos que azotan la mar, quedasen recogidas unas pocas anécdotas, de las miles que se podrían escribir, de las personas que transitan por los pasillos del hospital, utilizan sus ascensores y esperan paciente o impacientemente en la "sala de espera" de la UCI.

Una mención especial merece el uso de los ascensores, mejor dicho, la actitud de los usuarios de los ascensores cuando tienen que hacer uso de los mismos. Aquellos que para subir aprietan el botón de bajar, los que entran en el ascensor y se paran bloqueando el paso a otros usuarios, lo que da lugar a pequeños empujones y algún que otro resoplido. Los que teniendo que bajarse en la primera planta se sitúan al fondo del aparato elevador, los que aun viendo el ascensor a su máxima capacidad insisten en acceder a él hartos de esperarlo, y los que inevitablemente comentan o se quejan de que para tan corto trayecto se necesite tanto tiempo.

Merece una especial mención el arte con el que un celador de otro hospital que acude a diario a Son Dureta a visitar a su sobrino, un día, durante la visita de las 13.00, empezó a dirigir el tráfico en el ascensor, dando y quitando paso a quienes a él pretendían subir, y que dejó gratamente sorprendida a Teresa. O aquel señor mayor, que quiso acceder al aparato en la 4ª planta para bajar, y aun cuando éste estaba lleno, me espetó: "recula, recula t'he dit, què no me sents, que reculis te dic" y empujándome se hizo un hueco y logró su objetivo.

Y es que, al fin y al cabo, la mayoría de las personas que transitan por un hospital no lo hacen ni tranquila ni relajadamente.

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