Jo també en sé de contes. Bé, lo meu es una carta completa, i com que totes juntes fan un desgavell, domés posaré aquí la darrera. Ja vos podeu fermat fort ses sabates...
El camino de salida
Salimos de la inmensa sala subterránea mi paraguas y yo y nos siguieron los árboles pétreos, los animales precámbricos, las sabandijas, las aves y los murciélagos. A la zaga venía también La Taún, esa ciudad desesperante que me sigue adonde quiera que voy y en cuyo subsuelo me hallaba.
La Taún en sus entrañas tiene la forma de una bola de papel arrugado y lleno de intersticios, son los fragmentos perdidos de la sexta dimensión o de la séptima, que, habiendo tantas dimensiones como dicen que hay, no quisiera yo meter la pata.
Era aquel un terreno escarpado y tan lleno de recovecos y vacíos que resultaba imposible saber si andaba arriba, si estaba abajo o si recorría el filo de un acantilado de roca negra y refulgente con una gran cantidad de despeñaderos todavía más abajo. Por las galerías subterráneas corrían vientos en todas direcciones alcanzando en algunos momentos tal violencia que temí que su furia pudiera vencer mi incólume firmeza.
De pronto, daño, un dolor tremendo; los huesos, los músculos, todo. Intenté conservar el equilibrio y frenar en el aire, colgarme de una nube estalagtítica que por allí había, girar bruscamente y retroceder. No estaba ensayando coreografías subterráneas: estaba cayendo al fondo de La Taún por debajo. Estuve despeñándome un rato largo que duró casi toda la película de mi vida y lo hice sin elegancia y disparatadamente. Mientras caía me di cuenta de que bien podía estar entrando o saliendo del centro de la tierra o dando vueltas por ahí aturdida como una mosca y advertí también que otras muchas gentes revoloteaban como yo misma o vacilaban suspendidas en las cornisas esperando mejores vientos. Y terminé de caer deprisa pero no tanto, pues aunque quedé descalabrada, sobreviví. Y conmigo llegó el paraguas, y con él llegaron los árboles pétreos, los animales precámbricos, las sabandijas, las aves y los murciélagos; y con todos, un dolor tremendo.

-¿Y estos son Los Justos, dices? ¡Rayos! Pues sospecho que tan fácil ha de ser hallar la paz entre estos justos como hallar la vida entre los muertos.
-Son ‘Los Justos’ cuando los ves al derecho, pero así es como se ven las cosas desde abajo, ambiguas: tú no puedes saber aquí si aquel tren va o vuela.
-Yo sólo veo abismos, desconcierto y criaturas desorbitadas, ¿qué ves tú mejor que yo simplemente desde abajo?
-Todo –dijo-, las raíces de los árboles, la sombra del mediodía, los vientres de las culebras, el pié de los caracoles y los arcos fajones en las cúpulas de las montañas: todo, absolutamente todo.
- ¿Y también la gula de los justos, el infortunio de los satisfechos, la adversidad de los prósperos, la aflicción de los cuerdos y a saber qué cosas más?
-Sí, también. Te vi venir entre ruinas y miserias y puedo ver a Los Veloces llegar tarde al Reino de los Cielos.
-Vaya pues, no perdamos el tiempo… ¿Puedes indicarme cuál es el camino de salida?
-No, no hay salida.
Llegaron entonces Los Veloces, apresurados y muy inquietos preguntando a gritos:
-¡Vigilante, guardián!, ¿cómo podemos salir de aquí? ¿Puede indicarnos la salida?
-No, no hay salida- repetía Mefistófeles, y aquello era un griterío y un desespero que empezaban a conducirme seriamente hacia la angustia. Me ahogaba, pensé que ya no viviría mucho más.

“Antes de su muerte se concentran en su cabeza todas las experiencias pasadas formando una sola pregunta que hasta ahora nadie había formulado al guardián. Entonces le guiño un ojo ya que no podía incorporar su cuerpo entumecido. El guardián tuvo que inclinarse hacia ella profundamente porque la diferencia de tamaños había variado en perjuicio de la mujer.
…(Susurré mi pregunta con voz tan frágil que solo aquel demonio pudo escucharla. Luego, besándome la frente, me indicó el camino.
-Otra cosa- dije)…
-¿Qué quieres saber ahora?- preguntó el guardián-. Eres insaciable.
-¿Cómo es posible que durante tantos años solo yo haya solicitado la entrada?
-Ningún otro podía haber recibido respuesta, pues esta entrada estaba reservada solo para ti. Vete ahora y cerraré la puerta.”(1)]
Aún riendo y huroneando me habló de un río que nacía al otro lado de la puerta unos pocos barrancos más arriba y que se encaminaba a brotar cerca de la ciudad de Palmerston, en Nueva Zelanda.
Me fui pensando en cuántas personas muy vivas, que andan con prisas y con ganas de ir desde La Taún por debajo hasta Palmerston por el camino más corto, acertarían a dar con la pregunta adecuada.
Termino ya. Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: he visto vórtices de remolinos invertidos, he visto formarse lagos de hielo más allá de las llamas y he visto rayos y centellas y lluvias de piedras ardientes emergiendo de los mares.He visto gente herida trepando por declives pedregosos y cayendo y levantándose a cada instante, cogidos del brazo, con las cabezas gachas, huyendo de formidables tiroteos; he visto también ángeles atípicos y demonios convencionales en esta parte de La Taún. Todos estos momentos podrían perderse en el tiempo como lágrimas en la lluvia si no llegara a contártelos.(2) Espero que no sea así, pues te hablaré de ellos en cuanto consiga subir al menos hasta donde nace el río de Satanás.
A mí, con tal de salir de aquí, ya me vale Nueva Zelanda.
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(*) Esta carta en su primera entrega, incluido el título y excluidas las notas, consta exactamente de 1.000 palabras.
(1) El texto en cursiva es un apaño ligero de los últimos párrafos de un cuento de Kafka titulado Ante la Ley [Cuentos completos (textos originales). Traducción de José Rafael Hernández Arias, publicado en Valdemar/clásicos].
(2) En este párrafo se remedan dos textos bien dispares. Por una parte el archiconocido soliloquio de Roy Batty en Blade Runner; por la otra, un párrafo del capítulo XXX de Misericordia, de Benito Pérez Galdós. El apaño es mediocre, pero creo que cumplirá la función de dar pie a una próxima carta.
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Las imágenes son de Oscar Domínguez
1ª.- Recuerdo de París, 1932
2ª.- Decalcomanía sin ningún objetivo preconcebido, 1935
3ª.- Recuerdo del porvenir, 1938
4ª.- Platillos volantes, 1939 Leer más...